La Divina Enfermedad de la Juventud (Parte 3)


Miedo.
Esta sensación de inseguridad se ahonda al añadir desvalimiento del joven para bastarse en sus necesidades. El chico que trabaja desde la secundaria no lo sufre tanto, pero al hijo de familia que, desgraciadamente, todo lo recibe de sus padres, se le agrava la angustia al saberse impotente. Ahí está frente a él la vida con sus grandes dificultades. La ve al observar los trabajos y las penas que pasan su padre, su madre y los mayores en general. Esto será lo que le espera, piensa que tendrá que llegar a ser adulto y cargar también con esos problemas, ¡y se siente tan débil! No reflexiona en que, para entonces, ya será más fuerte: él sólo compara su flaqueza con la tarea que le espera. ¡Qué miedo siente de la existencia! Ayer, uno de esos muchachos me decía lo que he oído mil veces de labios juveniles: "Quiero morir joven". Tienen pánico de ser adultos. Por eso aunque terminen la carrera, referirían no titularse: en el examen profesional, más que recibirse de algo, se recibe uno de adulto. 

También usan otro subterfugio: siguen con modos y mañas de niño para hacerse la ilusión de que el llegar a mayores todavía tardará.

Necesitan nuestra ayuda.
A las pesadumbres enumeradas hay que sumar la afectiva: los muchachos dejan de recibir las caricias de sus padres en cuanto entran a la pubertad. Y siguen deseando aquellas muestras de ternura, pero les da vergüenza implorarlas. Piensan que ya no se les quiere como antes. ¡Cuánto les entristece! Y entonces se agudizan los celos por el hermano o la hermana que imaginan ahora el preferido de los padres. Se suceden sin interrupción las riñas hogareñas, por lo cual las reprimiendas de los papás llueven a granel. creyendo que sus padres le son hostiles, en el corazón del muchacho cada día algo llora más. Le queda un recurso, el recurso de todos los celosos: hacer sufrir a quien se ama. Y ya tenemos al muchacho rebelde que no cesa de dar dolores de cabeza a ala familia. ¡Qué fecunda imaginación tiene para dar disgustos! 

Mas esa vergüenza de amor desdeñado se vuelve contra él. Fue mala su táctica, pues los padres, naturalmente, le propinan enormes regaños, y él se siente cada vez más alejado de quienes desearía ser queridísimo.

No quiero terminar sin advertir que la edad  juvenil tiene también sus lados muy risueños. Mas eso ya lo han contado hasta la saciedad los poetas y es necesario hacer resaltar la zona oscura que los adultos no quieren considerar, y desde la que claman angustiados los muchachos pidiéndonos a nosotros, los mayores, que les ayudemos dándoles la mano para cruzar con menos congoja la divina enfermedad de su juventud.

Emma Godoy. "La divina enfermedad de la juventud".
En: Que mis palabras te acompañen. Edición especial de la Revista Kena. México, Editorial Ferro 1992. 
pp. 94-97

2 comentarios:

Anónimo dijo...

feo

Anónimo dijo...

QUE TIPO DE TEXTO ES ESTA LECTURA?

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